A la sombra vive un ángel,
y en la luz los mil demonios.
Lo que casi nadie sabe
es que el ángel está hasta el coño
de ver que ya no arden,
ni gimen entre sollozos.
Armado con un sable,
aleación de fuego y oro,
sale a la tenebrosa calle
aglomerada de sueños rotos.
Aún así, sabiéndose dichoso,
no existe nada que lo pare.
Ni luces, ni sombras,
ni tanto desastre.
De muerto dejará las sobras
de su gran obra de arte
para quién las pague con dinero.
Aunque después de tanto esmero
no exista plata que cubra
hacer arte de una vida turbia.

Deja una respuesta
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.